Tras irrumpir enérgicamente en el panorama nacional con “Zerua Orain” (22), Merina Gris retoma su inconfundible violencia catártica en su segundo álbum “Zuloa” un impredecible torbellino de electrónica-punk donde sentimientos y géneros se confunden.
Explorando la naturaleza polisémica del agujero —hoyo, grieta y vacío, pero también tragaluz, butrón y refugio—, les tres mosqueteres del hyperpop euskaldun construyen en este ejercicio de arquitectura emocional un cobijo generacional, un retrato tan vaporoso como punzante de la ansiedad contemporánea a través del malestar como herramienta de trabajo.
“Zuloa” es un lúgubre sueño y, al mismo tiempo, una lúcida pesadilla, un agujero donde caer pero también por donde poder escapar. Imposible saber a través de qué sonidos y estéticas nos conducirá el siguiente tema de este onírico accidente geográfico-pop, casi tan imposible como dejar de perseguir a este trío de enmascarados conejos a través de su madriguera.
Valiéndose de las texturas electrónicas como fuente inagotable de posibilidades, Merina Gris estira su sonido en “Zuloa” hasta convertirlo en una vibrante nebulosa, en un expresionista ejercicio sonoro donde las pulsiones se materializan en un collage de sonidos tan estridentes como ingeniosos.
La euforia del hyperpop y el existencialismo-emo del post-punk conviven en este tornadizo diario personal que deslumbrará tanto a los devotos de las extravagancias chronically-online de 100gecs como a los adictos a la emocionalidad poguera de los últimos IDLES. El segundo álbum de Merina Gris supone también una evolución vocal para la bilingüe banda, presentándonos dos voces —que parecen miles— en constante metamorfosis, igual de arrebatadoras en los gritos distorsionados de sus reescrituras autotuneadas del screamo que en las delicadas melodías de sus baladas-glitch.
En el canto de estas dos caras de la misma moneda se encuentra “Mejor*”, el perfecto ejemplo de la naturaleza polifacética de estos superhéroes de la melancolía. Merina Gris consigue en esta elegía (que querría ser una oda) confundir la rabia del optimismo y la tristeza de la añoranza mientras instrumentales clásicas de cuerda y quebradizos sintetizadores al estilo de AG Cook —incluso un sample de disparos al más puro estilo motomami— se abrazan en esta sentida nota al pie de página, en este “estoy mejor” con muchos peros. Esa rabia como motor artístico, esa ansiedad revolucionaria que eleva el álbum del suelo, también ilumina al vocoder celestial de “Aurpegian”, una conmovedora invitación a imaginar utopías violentas que podría ser perfectamente un single perdido de “Sega Bodega”. También parece una colaboración —concretamente con The Blaze— la intimista “Triste dabil aita”, donde un jersey club lo-fi se convierte en la herramienta ideal para intentar descifrar uno de los mayores misterios de la humanidad: los miedos paternos.
“Zuloa” también convierte en agujero los singles que la banda donostiarra ha ido revelando tras su primer proyecto largo. “Nadie cuando lloro”, colaboración con el incansable Hofe, prefiguraba la obsesión de Merina por las emociones ambiguas —“ya no sé si es odio o es ansiedad”— en la que ya era entonces una auténtica declaración de intenciones conceptual, un experimento de inquietos chops vocales y bajos palpitantes. Lo mismo ocurre con lilili y ese “tan vacío y tan violento / como todo lo que siento”, un nihilista lamento exclamado en el Dabadaba que cristaliza esa ausencia punzante que recorre todo “Zuloa”.
El propio título de “Origami” subraya el gusto de la banda por lo camaleónico, su ansia por explorar todas sus posibles formas a base de doblar todas sus superficies. A través de este melódico beat de UK Garage, Merina Gris explora lo paradójico de sentirse solo estando acompañado en una preciosa oda al malestar que no puede evitar empatizar con el “How I’m feeling now” de Charli xcx.
Al igual que la tristeza, la pista de baile es revolucionaria en “Zuloa”, y, sino que se lo pregunten a “Hiru Damatxo”, uno de los episodios más inconformistas, tanto estilística como políticamente, de este proyecto tripofóbico. Una vibrante intro de minimalista happy hardcore da paso al que debería ser el nuevo himno de Donosti, una sinfonía contra la gentrificación de nuestras ciudades que podría haber compuesto 100gecs si alguna vez se hubieran apuntado a un euskaltegi. Por su lado, “Lotu Zure Txakurrak” explora una fusión imposible entre el headbanging del metal y el PC Music de Sophie en un beef visceralmente autoconsciente, una venganza insegura o un reproche sobresaturado (o todas al mismo tiempo). “Irteera” y “Добро” marcan, cada una a su manera, la salida del hoyo. La primera, a través de una balada post-punk sin miedo a adentrarse en el noise que consigue traducir la epilepsia al lenguaje de lo sonoro. La segunda, a través de una filtración autoinflingida de audios de Whatsapp acompañada de una filtradísima guitarra y un hipnótico autotune. Salimos de la madriguera sin solucionar muchos de nuestros miedos y preocupaciones, pero sabiendo que nadie nos está entendiendo como Merina Gris y con la seguridad de que, aún haber estado bajo tierra, el trío de enmascarados ya hace mucho que alzó el vuelo.
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