Un día a Izaro le invadieron las ganas de escribir canciones a gente por la que se siente inspirada. Canciones hechas desde y para una persona en concreto y su aura. Así inició una pequeña colección de canciones para sus amigas. “Una amiguita como tú” es la canción que Izaro le escribió a Valeria Castro.
Fruto de una amistad que comenzó hace años entre la artista vasca y la canaria, dos mujeres isla que quieren celebrar lo que las une. Dos artistas que están navegando por las aguas internacionales de la canción de autor y girando con sus veleros por todo el mundo con orgullo. Con canciones artesanales hechas a fuego lento desde la sensibilidad y el corazón. Ellas nos lo avisan: es importante celebrar la amistad, buscar espacios comunes para cuidarla, amueblarse las unas a las otras, y ser un buen espejo para cuando falte nitidez.
Nos presentan una canción luminosa, rebelde, que cabalga rítmicamente a saltos, como dos niñas que botan por el mundo agarradas de la mano. Frescura pop y melodía con un final épico y la unión de dos de las voces más personales de la escena actual.
Unión de talento canario en una sorprendente colaboración como segundo single del inminente álbum en solitario del miembro de Fuel Fandango. Impecable fusión de electrónica de baile con delicadeza folk para hablar de la tierra que une a ambos artistas.
2024 comienza fuerte para Ale Acosta. El músico y productor de Lanzarote presenta “La Ceniza”, segundo adelanto del que será su primer LP en solitario tras más de 15 años de carrera como fundador y miembro del icónico dúo Fuel Fandango. Una canción que vuelve a cimentarse sobre una sublime y emocionante instrumental electrónica que incita al baile. Además, cuenta con la colaboración de Valeria Castro, una de las voces del momento en el panorama musical. Si “¿A dónde vas niño?” era una divertida y desacomplejada canción plagada de vitalidad; 'La Ceniza' posee un enfoque más elegante y profundo. La presencia de la cantautora de La Palma, nominada recientemente al Latin Grammy, eleva la intensidad para cautivarnos desde la primera escucha gracias a un arrebatador matiz folk y pop.
Ambos artistas canarios afincados en Madrid dejan claro su sentido de pertenencia con su tierra en una producción tan escapista como melancólica. La ceniza volcánica latente en ellos es el nexo de unión de dos visiones musicales que se fusionan y ensamblan sin fisuras. La delicadeza de Valeria Castro y la electrónica evocadora de Ale Acosta conforman un deleite sonoro conmovedor capaz de trascender estilos y géneros. Una química palpable en esta erupción de talento insular. “La Ceniza” quema más de lo que uno cree y también apunta al pecho para ser escuchada y bailada de fuera hacía adentro. La mejor manera para disfrutar del primer gran junte de este 2024 que acabamos de inaugurar. Ale Acosta es fundador y miembro del icónico dúo Fuel Fandango con el que mezcla la electrónica con las raíces más flamencas y con el que ha tocado en más 35 países durante los últimos 15 años, ya acumula más de 100 millones de reproducciones en plataformas digitales. Además, es productor de múltiples artistas desde Enrique Morente hasta Juancho Marqués y detrás de la dirección musical de los shows de Valeria Castro y María José Llergo.
Tras 12 meses cargados de logros y éxito, la banda murciana con ya 10 años de trayectoria que ha posicionado su cuarto álbum como Disco de oro y ha conseguido vender más de 40.000 entradas en su gira El Amor De La Clase Que Sea, hoy renuevan una de estas galardonadas canciones, “Hablar de Nada”, junto a la joven cantautora Valeria Castro.
Tras su álbum “El Amor De La Clase Que Sea” (2022), dónde acumulan más de 10 millones de reproducciones en varios de los tracks, Rafa, Alberto, Jess y Fernando parecen querer transformarse, ahora combinando su éxito “Hablar de Nada” con la gran y particular voz de Valeria Castro, recientemente nominada a los Grammy Latinos en la categoría Mejor Canción Cantautor. Esta versión de su conocido tema es ahora más íntima y especial, un dardo directo al corazón con el cual certifican lo cómodos que se sienten al salir de su zona de confort. Estos cuatro chavales de Murcia no se ablandan al intentar estilos nuevos y colaborar con otros artistas consiguiendo sacar a relucir todo su talento y magia a la hora de hacer canciones que pueden llegar a convertirse en himnos.
Mostrando el lado más personal de la banda donde se puede ver la complicidad que existe con la canaria Valeria, la nueva versión de “Hablar de Nada” transmite conexión, pureza e intimidad, y con una letra que habla de superarse a uno mismo, ellos lo logran con preciosa interpretación vocal, elevando esta canción a un lugar difícil de imaginar.
“El Amor De La Clase Que Sea” es el significado de quitarse los miedos para seguir siendo fieles a esa sinceridad que ha hecho a Viva Suecia grandes frente al público. Tras disfrutar de un camino lleno de conciertos que han hecho crecer aún más estas 11 nuevas verdades, la banda ha agotado el SantJordi Club de Barcelona a 4 meses del evento, vendiendo 4.600 entradas.
Viva Suecia pondrá fin a esta gira el 2 de marzo de 2024, en su debut en el Wizink Center de Madrid, donde ha conseguido un esperado soldout.
Mostrando el lado más personal de la banda donde se puede ver la complicidad que existe con la canaria Valeria, la nueva versión de “Hablar de Nada” transmite conexión, pureza e intimidad, y con una letra que habla de superarse a uno mismo, ellos lo logran con preciosa interpretación vocal, elevando esta canción a un lugar difícil de imaginar.
“El amor de Andrea” significa la segunda colaboración de Vetusta Morla con el director Manuel Martín Cuenca, tras haber trabajado juntos en La Hija. Esta canción que, además, cuenta con la voz femenina de la cantante nominada a los Latin Grammy por su tema La Raíz: Valeria Castro, ya está disponible en todas las plataformas.
La banda de rock madrileña y la cantautora canaria unen sus voces por primera vez en esta canción compuesta originalmente para la película.
Vetusta Morla, que no solo ha compuesto el tema principal, sino que también se ha hecho cargo de la Banda Sonora Original de la película, ha reflexionado sobre el trabajo de composición de la música de “El Amor de Andrea”, que se presenta el próximo lunes 23 de octubre en la Sección Oficial de la Seminci. Como una flor que se deshoja al revés, lo primero que compusimos para la película fue la canción principal El Amor de Andrea, desde ahí fuimos desgranando los pasajes que iban a acompañar a Andrea en su relación con el mundo y descubrimos que la música debía estar presente solo en las escenas en las que la niña soñaba y construía las fronteras de su propio mundo. La mirada femenina tenía tanto peso en la película que nos parecía casi obligado invitar a una voz femenina a llevar las riendas de la canción. Y fue Valeria Castro nuestra mejor compañera posible. Ella supo entender el universo que pedía la película desde el primer momento y nos ayudó a terminar de darle forma a una canción que creció y fue volando tras su aportación.
En palabras del director, Martín Cuenca, el tema principal, El amor de Andrea, supone «el corazón y la médula de la protagonista“y es que, para crear este tema, así como la banda sonora de la película, Vetusta Morla utilizó aquellos ingredientes que acompañan a Andrea en su lucha iniciática como son el sobrecogimiento de la música de Semana Santa o la alegría y acidez de las chirigotas, comparsas y murgas.
La banda viajó a Cádiz durante el rodaje de la cinta y además de lo que pudieron ver y escuchar, descubrieron que «en Cádiz sobrevolaba algo que iba más allá de sus paredes y tenía que ver con sus historias, las de ida y vuelta al otro lado del Océano, con el imaginario de lo que está más allá de sus callejuelas y su Caleta» y así lo reflejan tanto en la letra y música de este tema principal como en la BSO de la película.
En cuanto a los instrumentos utilizados, con todo lo absorbido durante la lectura de guion y todo lo que rodeó el rodaje, Vetusta Morla decidió que para la banda sonora utilizaría instrumentos no amplificables, dejando el terreno de las cuerdas para instrumentos acústicos de poco tamaño y escala corta y el de la percusión para golpes y sonidos extraídos de la propia película: las horquillas de Semana Santa, percusión en ventanas y escaleras, tamboras, bombos verticales o panderetas. Después complementamos esa tímbrica esencialista con los sonidos de los vientos madera, instrumentos que tienen la inaudita capacidad de aunar en su carácter la procesión sacra y el desfile carnavalesco, la taberna y el altar».
Valeria Castro no le gustan las letras mayúsculas, tan imperativas. Es un tic generacional, ya saben: le sugieren altanería y griterío. Pero esta cantautora de La Palma es, a sus 23 años muy bien aprovechados, una mujer de ideas extraordinariamente claras en lo artístico. Por eso sus colaboradores más estrechos rara vez le formulan objeciones cuando llega al local de ensayo con el esbozo de una nueva canción y empieza a explicarles su desarrollo. Ya han tenido tiempo de aprender que cualquier indicación que ella les traslade es fruto de una reflexión previa, de un análisis concienzudo.
Toda esa sabiduría tan precoz y temprana confluye ahora en “con cariño y con cuidado”, un álbum nacido de la ternura, pero también desde la firmeza. Una radiografía del alma formulada en primera persona; un ejercicio de autoestima y amor propio y, sobre todo, la constatación de que su firmante solo sabe hablar de aquello que verdaderamente le concierne y conmueve. Ella misma lo resume con ese aplomo sereno que la caracteriza como conversadora: “No sabría ser actriz, al menos en lo referente a mi música. No puedo inventarme una historia para una canción; solo sé cantar mi propia verdad”.
Esa verdad a la que alude nuestra protagonista se corresponde con el último año y medio de su vida. Coincide casi al milímetro con aquel colosal impacto sobre el ánimo y las emociones que supuso constatar la voracidad implacable de unas lenguas de lava que acongojaron al mundo a lo largo de casi dos meses. Pero nada de lo que canta y cuenta Valeria se comprendería sin todo su bagaje previo; sin el aliento de una tierra, una familia y un paisanaje, sin la huella indeleble de ese valle de Aridane al que alude implícitamente en ‘costura’. Porque Castro apela a la raíz no solo en la canción que enarbola ese término como título, sino cada vez que abraza la guitarra y alza esa voz profunda, trémula, orgullosa.
Un preámbulo lleno de intenciones.
Será esa furgoneta la que la lleve de acá por allá con las 11 canciones que integran con “cariño y con cuidado” bajo el brazo. O con sus 10 canciones más el breve preámbulo, “dentro”, que las presenta y compendia durante los apenas 80 segundos iniciales, una de esas decisiones audaces y de una valentía insólita en una artista a la que, con la partida de nacimiento en la mano, deberíamos adscribir en la generación Z. “’dentro’ es una introducción o, más bien, una declaración de intenciones previa”, confirma ella. Lo primero que compuso fue su estribillo, esa proclama rotunda que avisa de lo que sucederá a lo largo de la media hora siguiente: “Lo que canto no tiene más / que lo que llevo dentro / que es todo lo que siento”. Y a partir de ahí hilvanó las pasadas navidades de 2022, ya casi sobre la bocina final, los versos que lo anteceden, que además aluden y apelan de una manera u otra a todos los demás cortes del trabajo.
Moraleja. No podemos considerar que “con cariño y con cuidado” sea un álbum conceptual, al menos de la manera clásica en que entendíamos esa definición. Pero sí estamos ante un trabajo con un hilo conductor o una espina dorsal. Es el autorretrato de una muchacha isleña ultrasensible que se abre en canal y deja que nos asomemos a las entrañas mismas del alma. El testimonio, en primera persona del singular, de una joven que hace de su verdad el germen irrenunciable de su mensaje. La zona cero de una confesión de empatía y sinceridad devastadoras.
El amor, con sus glorias, incertidumbres y desengaños, también forma parte de ese catálogo de verdades que despliega Castro, aunque con una presencia más bien discreta. La temática de la pasión solo es explícita en perdón (“no me había dado cuenta”), un bolerazo sobre la asimetría en el fervor afectivo que, curiosamente, resulta ser la única página escrita antes de que las entrañas de La Palma comenzaran a rugir. También hay amor, más desde el lado del desencanto, en ese “costumbre” en que la cantante (“a partir de la inspiración de unos hechos reales”, nos admite con sorna) retrata el proceso de ninguneo de la otra persona. Pero no abundan, bien se ve, las reflexiones amorosas a lo largo del disco; y no tanto por pudor, en contra de nuestras sospechas, como por autocrítica. “Simplemente, no soy tan buena escribiendo al respecto. El nivel es muy elevado a lo largo de la historia y no creo que tenga tantas cosas que aportar sobre la materia. A fin de cuentas”, resume, “son experiencias que hemos vivido y conocemos todos. Y llegué a la conclusión de que mi discurso era más hondo cuando abordaba mi propia historia vital, mis ansias por abrazar y querer”.
La erupción del volcán de Tajogaite perdura en no pocos surcos, versos y suspiros, inevitablemente. Esas lavadas que, entre miles de propiedades, engulleron también la casita centenaria de la familia materna de Valeria adquieren cuerpo sonoro en la estremecedora “un hogar”, donde la voz entre dolorida y estupefacta, pero asombrosamente serena, de la abuela de la artista adquiere dimensión documental en el preámbulo y el epílogo. un hogar le sirvió además a la autora para desatascar el bloqueo creativo que le sobrevino tras una desgracia tan inverosímil. “No quería convertirme en foco de atención por una tragedia como la del volcán”, reflexiona ahora, “sino por mi música. Y no sabía bien cómo gestionar semejante barullo de emociones. Quería alzar mi voz sin privarle de ella a nadie”.
La catarsis de “un hogar· liberó definitivamente el tarro de las esencias compositoras de Castro, confiada ya para siempre en que podría convertir en música los jirones de ese corazón suyo, tan robusto y empoderado. Se animó por vez primera en su trayectoria con la rumba para “abril y mayo”, “una canción sobre todo lo que asumimos y olvidamos”. Entró a degüello con un ritmo tan ancestral y enraizado en Argentina como la chacarera en lo que siento, que escribió con la ayuda de Jairo Zavala, Depredo, un especialista consumado en ritmos de América Latina. Se dejó mecer por el vals para “techo y paredes” (“Se aprende a vivir con la melancolía”), aunque en realidad, como ella misma confiesa, casi todas las canciones acaban saliéndose en ritmo ternario, tan folclóricas en esencia y tan ajenas a las coordenadas binarias del pop. Y se permitió incluso el ramalazo indisimulado de rabia en femenino que anida en costura, una pieza que resume, quizá mejor que ninguna otra, la evolución habida desde los tiempos de su único antecedente discográfico, el EP digital de seis canciones “chiquita” (2021). “Entonces me expresaba solo desde el cariño y la dulzura, en consonancia con mi condición de aprendiz. Ahora quise alzar la voz y avisar de que no nos callen, porque las mujeres de mi tierra tenemos mucho que contar”.