El tercer LP del cineasta y músico sevillano recoge en diez canciones una investigación sonora que va de la electrónica al rock y del pop a la copla -sin perder consistencia- gracias a unas letras y a una producción exquisitas.
En el disco aparecen artistas como la actriz Nat Simons, Quentin Gas o la actriz Irene Escolar.
La producción es de Paco Loco, mezclada por Jordi Gil (Rocío Márquez, Derby Motoreta) y masterizada en USA por Brian Lucey, responsable del sonido de trabajos de The Black Keys, Liam Gallagher o Lucinda Williams.
“El disco es el final de un ciclo”. Lo dice Yorch, aka Jorge Naranjo, músico y, sobre todo, cineasta, al que no le cuesta reconocer lo segundo, pero al que, tres elepés y un epé después, le sigue costando lo primero: “Cuando llegas tan tarde a la música, es normal vivir con cierto síndrome de impostor que lo invade todo".
Sin embargo, su “Curso de armonía persecutoria” es lo contrario a una crisis. Diez canciones que recogen un abanico sonoro amplísimo, cuidado y estudiado que se expande desde la copla aflamencada y casi tanguera de la “Sevillana a mi padre” a la ópera electrónica “Tequila rosa”, sin dejar atrás el pop más alegre de “Fiestas de bailar”, el rock contundente de “Maldita dinamita” o “Munchausen”, el reposo folk de “Technicolor” o “La décima” y hasta una balada donde el artista introduce sonidos de maderas creadas con violines crujientes: “La mujer pirata”.
“El curso es más bien un repaso de lo que he aprendido y, sobre todo, lo que me queda por aprender”. De hecho, el nombre surge de un taller de composición de la Escuela de Escritores de Madrid poco después de publicar “Fabulonia”, su anterior LP. “Atravesaba una crisis musical, sentía que con el disco anterior me había atascado, y una amiga me habló de esas clases. Allí me obligaron a buscar letras desde otro prisma y a investigar nuevos retos compositivos. De ahí que el título juegue con las palabras armonía y esa obsesión de la manía persecutoria”.
No todas, pero muchas de las canciones incluidas en el álbum surgen del curso que comanda Miguel Marcos y donde participan nombres como Guille Galván, Sandra Delaporte, Abraham Boba o Nacho Mastretta. “No se me hubiera ocurrido un tema como La décima sin haber pasado antes por la escuela, donde, entre otros ejercicios, uno fue construir una letra partiendo de esa forma poética. O Munchausen, que surge de investigar sobre la figura del narrador poco fiable”.
Eso sí. Ahí surgieron algunos bocetos. Luego, la vida le traería otras letras como la crudísima “Maldita dinamita” o la retórica de “No pienso escribirte una canción”, pero todo eso tenía que ser producido. Y es ahí donde vuelve a entrar la magia de Paco Loco, con quien Yorch ya había trabajado en su LP anterior. Eso, y el apoyo de la Aceleradora de Proyectos Musicales de la Fundación Paideia, le permitió trabajar las canciones en el estudio con mucho cuidado y más tiempo del que estaba acostumbrado. “Por cuestiones de calendarios, el disco se ha ido forjando a lo largo de dos años de grabaciones y mezclas. Eso ha permitido darle pensamiento y reposo, lo que nos ha ayudado a analizar mejor lo que estábamos haciendo sin llegar a perder la frescura compositiva que tenían las canciones. De hecho, las colaboraciones llegaron en las mezclas, en la nave de Jordi Gil”.
Gil, artífice de sonidos de discos de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba o Rocío Márquez, ha sido el cirujano que ha terminado de dar forma al sonido del álbum. “Con Paco Loco y la banda -donde participa la guitarrista gallega Laura Solla, que ha tocado con Coldplay o Ariel Rot- se cocinó, pero con Jordi Gil se emplató y se terminaron de sumar ingredientes”, apunta Jorge. Algunos de esos añadidos fueron, además de las finísimas texturas conseguidas por Gil, las colaboraciones de Quentin Gas, Nat Simons, Irene Escolar, Helena Amado (Oh Sister!) o la violinista Luz Prado, así como el delicado trabajo electro-operístico de “Tequila rosa”, en la que participó Miguel Galguera, habitual colaborador de Rocío Saiz.
Y añade Yorch: “Fue también Jordi quien propuso masterizar con Brian Lucey en Los Ángeles, y fue el broche que necesitaba el disco”. Lucey, habitual de los Grammy estadounidenses y responsable final del sonido de álbumes de artistas internacionales como The Black Keys, Liam Gallagher o Lucinda Williams, aportó a este “Curso de armonía persecutoria” la altísima nota que merecía un fin de ciclo que ni Yorch sabe lo que significa. “No lo sé con exactitud. Sé que voy a otra cosa. También sé que me siento muy orgulloso de haber llegado hasta aquí. Hay mucha gente que jamás logra haber cumplido sueños importantes. No es mi caso. Alguno quedará pendiente, pero el de publicar discos no será uno de ellos”.

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